jueves, 12 de octubre de 2017

El trabajo terapéutico de la reparación de traumas prenatales, perinatales y postnatales con bebés

Todos los procesos de gestación, nacimiento, postparto y lactancia son muy importantes para la madre y el bebé. Son los primeros ciclos de vida del bebé e, igual que una planta que comienza a crecer, es especialmente vulnerable y sensible. Todo lo que pasa en su entorno tiene un fuerte impacto sobre su personalidad que está empezando a construirse.
Durante la gestación la relación con la madre es constante y muy directa. Todo lo que le pasa a la madre le impacta directamente al bebé. Por ello, sería necesario que la madre se cuide, esté en contacto con ella misma y conozca sus propias dificultades y traumas, para que pueda prestarles atención y darle al bebé la protección, seguridad, cuidados, afecto, amor, respeto, proximidad...que éste necesita. En la zona intrauterina pueden pasar cosas traumáticas para el bebé, a nivel muy inconsciente y otras de las que sí podemos tener cierta conciencia, como por ejemplo, un embarazo con mucho estrés, ansiedad, cualquier otra circunstancia traumática vivida por la madre (muerte de una persona querida, separación de la pareja, enfermedades graves vividas por la madre o personas cercanas...), un embarazo no deseado por uno o por ambos padres, pérdida de un hermano gemelo, intento de aborto, concepción in vitro, inseminación artificial, el feto no se encaja bien o no se presenta en posición cefálica...
La gestación es un proceso que llega a su punto culminante en el nacimiento, cuando el bebé necesita que la madre se abra y se entregue, para dejarlo pasar y salir con su impulso hacia el mundo. Si todo va bien, al penetrar por el canal vaginal, el bebé puede conocer a la madre a un nivel muy íntimo y profundo. Se trata de un contacto estrecho y potente, absoluto y consistente que le da al bebé mucha identidad corporal y el registro de que es posible sentir su cuerpo intensamente, con gusto, con placer, con fuerza, de manera total... Cuando, por el motivo que sea, aparecen situaciones que dificulten, bloqueen o interrumpan el proceso natural del nacimiento y no acaba siendo posible traspasar las dificultades, la experiencia del parto (para la madre) y del nacimiento (para el bebé) puede convertirse en una experiencia traumática, como por ejemplo: cesarias, fórceps, ventosas, partos inducidos y/o muy intervenidos (oxitocina sintética, epidural...) partos en que la madre retiene inconscientemente al bebé o, de lo contrario, lo expulsa muy rápidamente, nacimientos en los que el bebé presenta síntomas de asfixia, nacimientos de nalgas.
Después del nacimiento, en el postparto, esta relación y vinculación madre-bebé se continúa forjando a través de la presencia, la mirada, el contacto, el afecto, la lactancia, el respeto por los procesos naturales del bebé...Si esto no fuera posible, debido a un ingreso a neonatología, separaciones de la madre, dificultades en el establecimiento de la lactancia, depresión postparto u otras dificultades de la madre a la hora de establecer la conexión afectiva y emocional con su bebé, éste puede sufrir situaciones que pueden convertirse en traumáticas y estar muy lejos de la relación de conexión, escucha y contacto que ambos necesitan para seguir poniendo las bases de una vinculación positiva y segura.
Después de experiencias de este tipo, cada miembro de la familia debería tener la oportunidad de expresar, procesar y reparar en alguna medida lo que ha vivido. A menudo, los bebés intentan expresar sus vivencias traumáticas, a través de sonidos, llantos, inquietudes, movimientos... y es importante poderlos escuchar y ofrecerles el espacio y las condiciones para que puedan expresar y transformar lo vivido.
Los síntomas que nos pueden indicar que hay algún trauma pueden ser: despertares del bebé con sobresaltos y llantos fuertes difíciles de tranquilizar, movimientos repentinos de sobresalto cuando el bebé estaba aparentemente relajado, dificultad para entrar en contacto visual (por ejemplo: los ojos del bebé miran hacia arriba), mucha tensión corporal (por ejemplo: cierra los puños muy fuertemente), movimientos no habituales (por ejemplo: llevarse las manos a la cabeza, al pecho o al corazón, arquear la espalda hacia atrás, pataleos fuertes...), llantos que no encuentran consuelo cuando las necesidades están cubiertas (ha comido, está descansado, no está solo, los pañales están secos...). Estos llantos a menudo se explican como “cólicos”, pero se sabe que en realidad estos casi no existen y que se utilizan como “cajón de sastre” cuando no se sabe lo que le está pasando al bebé. Lo más probable es que en estos momentos el bebé esté intentando expresar alguno de los traumas vividos. Además, en bebés un poco más mayores, podrían observarse dificultades en el proceso de desarrollo de la motricidad (por ejemplo: dificultades para darse la vuelta, comenzar a gatear hacia atrás, no gatear...) u vivencias de pánico, por ejemplo al meterse en un túnel, al pasarse un jersey estrecho por la cabeza...
Frecuentemente por desconocimiento, los padres/madres no reconocen los intentos de expresión de traumas prenatales, perinatales y postnatales del bebé y, aunque a veces los puedan identificar, no tienen las herramientas necesarias para gestionar la situación. Con este trabajo daremos las herramientas y facilitaremos un punto de encuentro, conexión y cooperación entre los diferentes miembros de la familia acompañando al bebé con mucho respeto y mucha suavidad, para que pueda expresarse, procesar y reparar sus vivencias traumáticas sacando el dolor que éstas le hayan podido generar, a la vez que se transforman los registros inicialmente negativos en positivos. De esta manera, se restablece el vínculo entre madre y bebé que en estos casos siempre se ve afectado.
Para seguir cuidando este vínculo es importante que las/los madres/padres conozcan la relación entre la propia historia y la relación que establecen con sus hijos, para hacerse responsables de ella. Todas las personas adultas (incluidos madres y padres) tenemos una historia en la que, a parte de todas las vivencias positivas, también hemos tenido vivencias, traumas y registros negativos, habitualmente en relación a nuestros propios padres, que podemos pasar a nuestros hijos de manera inconsciente y que pueden tener mucho que ver con las dificultades durante el embarazo, el parto y el postparto. Por ello, en las sesiones también se intenta enfocar y elaborar los temas que hayan bloqueado el proceso de manera inconsciente, para hacerlos conscientes y, sobre todo, para intentar evitar que sigan interfiriendo en la relación con el bebé en etapas posteriores de la crianza.

A nivel práctico, se puede trabajar con los bebé a partir del momento en que su estructura corporal lo permita (dependiendo del bebé puede ser entre el mes y los tres meses de vida) y hasta los 5 ó 6 años (dependiendo del tema). De todas formas, para que los bebés puedan crecer y estructurarse desde un lugar más saludable, es aconsejables iniciar el trabajo cuanto antes mejor. El trabajo con toda la familia (es deseable que estén ambos padres) se realiza en 3 a 15 sesiones. A veces también puede ser necesario que el trabajo continúe con sesiones individuales de la madre y/o el padre.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Reflexiones sobre una sociedad basada en los valores asociados a la vida III

 Autora: Brigitte Burchartz

La identidad femenina

Este texto forma parte de una serie de artículos publicados en este blog sobre la sociedad patriarcal que es el sistema social en el que vivimos y el que sufrimos tanto hombres como mujeres y niñ@s. Todos, hombres y mujeres de todas las clases sociales, contribuimos a crear y a mantener este tipo de sociedad en el momento en que aceptamos y transmitimos sus valores tales como la competitividad, la obediencia a la autoridad, la jerarquización, las estructuras de poder, la productividad sin contemplaciones (humanas, ecológicas), la razón, etc. Para más información sobre este tema puedes consultar las entradas anteriores del blog: http://terapia-psico-corporal.blogspot.com.es/

El sistema de valores es un sistema conceptual que sólo puede funcionar por convención social. Si la gran mayoría de la sociedad creara y aceptara otro sistema de valores distinto, cambiaría radicalmente toda la estructura y todo el funcionamiento social e inter-relacional.

Pero resulta que el sistema de valores de nuestra sociedad desde el neolítico y la edad antigua hasta hoy en día, salvo algunas excepciones, está asociado al los valores masculinos. De ahí que hablamos de la sociedad patriarcal en la que el hombre y sus valores son el centro, tanto para hombres como para mujeres. Esto explica, por ejemplo, porqué una mujer que quiera sentirse “realizada” y aceptada en una sociedad patriarcal tenga que tener carrera y un cargo importante, a la vez que tiene que seguir siendo mujer, es decir, buena esposa, madre, ama de casa, guapa, perfecta,…tiene que poder con todo.

Frente a los valores masculinos están los valores femeninos, tales como la cooperación, la colaboración, el cuidado, la empatía, la emoción, etc. Para mí, estos son los valores asociados a la VIDA porque en una sociedad sujeta a ellos no podría haber ni guerras, ni destrucción o violencia contra ningún ser vivo. Me quiero distanciar de los términos valores masculinos y femeninos porque, al quedarme con estas expresiones es como si estuviera diciendo que un hombre, para ser hombre, tiene que ser competitivo y una mujer, para ser mujer, no debe querer competir, sino siempre tiene que querer cooperar y cuidar. Quizás, se podría encontrar una manera de competir cooperando siempre y cuando favorezca la vida.

De todas formas, los valores asociados a la vida, en nuestra sociedad patriarcal actual no son para nada prioritarios. Por lo tanto, para mí, la gran pregunta es ¿cómo ser mujer en una sociedad patriarcal y no morir en el intento? Aunque también podría preguntar ¿quiero ser una mujer patriarcal? La respuesta a la última pregunta, para mí, es claramente que no, pero entonces se me abren muchísimas preguntas más: ¿Cómo somos las mujeres?, ¿qué es la identidad femenina?, ¿existe una sola identidad femenina?, ¿cuál(es) es(son) su(s) origen(es)?, ¿quién y cómo se transmite?, ¿es posible tener identidad femenina en una sociedad patriarcal?, ¿nos la transmiten nuestras madres, abuelas, hermanas, tías, amigas? ¿si es así, y si ellas también se criaron en una sociedad patriarcal, cómo podemos estar seguras que nos están transmitiendo una identidad femenina auténtica?, ¿puedo conectar con mi “ser mujer” propio, a pesar de las influencias externas?, ¿si tengo clara mi identidad femenina, tengo la posibilidad y la capacidad de vivirla o de realizarme como mujer?, ¿contemplando los valores asociados a la vida, qué significa realizarme como mujer?, ¿el hecho de vivir en una sociedad patriarcal me supone un obstáculo para poder sentir y vivir mi identidad femenina?

No quiero responder aquí a todas estas preguntas porque creo que cada mujer puede encontrar sus propias respuestas y que éstas dependen en gran medida también de la historia personal, de las circunstancias y de las vivencias de cada una.

Sólo quiero lanzar aquí algunas ideas sobre lo que puede significar ser una mujer no patriarcal en una sociedad patriarcal. Esto en sí mismo es ya casi una contradicción o por lo menos, está ligado a grandes dificultades.

Quiero dar para ello dos ejemplos: si una mujer que se identifique con la idea de  cooperar y cuidar, tiene un trabajo con estructura jerárquica, en el que tiene que dar órdenes a otras personas en contra de lo que estas sientan como bueno, porque su puesto así lo requiere, sólo tiene dos posibilidades: o mandarles a estas personas que obedezcan, con lo cual estaría traicionando su identidad femenina no patriarcal, o no ordenarles nada a los demás en contra de su voluntad, con lo cual estaría poniendo en juego la “sagrada” productividad y su puesto de trabajo. En un trabajo con estructura cooperativa esta situación no se daría porque todas las personas implicadas tomarían las decisiones conjuntamente y siempre a favor de la vida, sin dañar a nada ni a nadie.

El segundo ejemplo sería el caso de una mujer que se plantee tener un hijo y sienta que quiera tener un embarazo, un parto y una crianza respetuosos con la vida y, con ello, con las necesidades vitales de su hij@. Esto, hoy en día, no es imposible, pero está ligado a grandes dificultades económicas, obstáculos desde el sistema sanitario convencional, críticas sociales y/o familiares y mucha soledad. Un niñ@ necesita la presencia y los cuidados de su madre y de su padre, cada uno con funciones complementarias, aunque muy al inicio de la vida predomina la importancia de la madre. Una mujer – madre que sienta esta necesidad de su bebé y considere como parte de su identidad femenina querer darle presencia y cuidados a su hij@, no podrá dejarlo con cuatro meses en una guardería. Si tiene que hacerlo igualmente porque las necesidades económicas aprietan y porque no es una prioridad en una sociedad patriarcal que una madre se pueda quedar con su hij@ hasta que éste ya no la necesite tanto, esta mujer entrará en conflicto con su identidad femenina no patriarcal. Este tema de por sí puede dar para escribir todo un libro o varios, pero aquí sólo quiero dejar claro que una mujer – madre con identidad femenina en la que predomina la protección de la vida por encima de la competitividad y la productividad necesitaría todo el apoyo del mundo a nivel económico, laboral, social, sanitario y familiar. Necesitaría una “tribu” a su alrededor que la apoye a ella y a su hij@ en cada momento y en todos los aspectos de la vida.

En este artículo me he querido centrar en el tema de la mujer. No quiero entrar en la polémica que pone a hombres contra mujeres porque creo que es una discusión estéril. Estoy bastante segura que los hombres también sufren mucho bajo el sistema patriarcal y que una sociedad basada en los valores asociados a la vida nos haría mucho bien a todos y todas. Por esto, creo que es tan importante que las mujeres sepamos diferenciar o descubrir cuál es nuestra verdadera identidad, sin dejarnos confundir por una identidad femenina impuesta desde la sociedad patriarcal con valores ajenos a nosotras. Cuando las mujeres seamos capaces de creer en nosotras y de valorar nuestra identidad genuina, tendremos la fuerza creativa suficiente para dar VIDA en el sentido más amplio de la palabra; desde dar la vida a un ser humano y criarlo con amor, presencia y respeto, hasta dar vida a un nuevo sistema social en el que predominen también el amor y el respeto hacia todo lo vivo.

Bibliografía:

-       Capra, Fritjof. “La trama de la vida”, ed.: Anagrama, 1998, Barcelona
-       Costa, Marc. “Apuntes de formación en Integración Psico-Corporal”, Barcelona, 1999-2006
-       Eisler, Riana. “El cáliz y la espada”, Editorial Cuatro Vientos, 1990, Santiago de Chile
-       Hüther, Gerald. „Männer“, ed. Vandenhoeck & Ruprecht GMBH, 2009, Gotinga
-     Massó Guijarro, Ester (Instituto de Filosofía -CSIC) “La lactancia materna como catalizador de revolución social feminista (o apretando las clavijas al feminismo patriarcal): calostro, cuerpo y cuidado.” Comunicación presentada en el XLVIII Congreso de Filosofía Joven: “Filosofías subterráneas”, Donostia-San Sebastián, 4-6 mayo 2011
-       Naranjo, Claudio. “La mente patriarcal“, ed. RBA libros, 2010, Barcelona
-       Reichert, Evânia. “La paz en el mundo empieza en el vientre de la madre”, La Vanguardia, La Contra 18.05.2011
-       Rodrigañez, Casilda. “El asalto al hades” 2ª reimpresión, 2004, Alicante
-       Rodrigañez, Casilda y Cachafeiro, Ana. “La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”, ed. Virus, 2005, Barecelona

viernes, 29 de marzo de 2013

Reflexiones sobre la sociedad patriarcal II

o los valores asociados a la vida



¿Una utopía?

En el artículo anterior hablé de la necesidad de una revolución individual y social con la intención de construir una sociedad basada en los valores asociados a la VIDA tales como el cuidado, la cooperación, la ayuda mutua y formas de organización sin jerarquías. Cuando digo vida me refiero no solo a la vida física, sino también a la vida emocional, a la salud física y psíquica, al bienestar y a la integridad de las personas. Viendo el funcionamiento de nuestra sociedad actual en la que prevalecen valores completamente opuestos a los nombrados, lo primero que piensan muchas personas es que todo esto sería muy bonito, pero que se trata de una utopía, de algo imposible de llevar a la práctica.

“El concepto utopía se refiere a la representación de un mundo idealizado que se presenta como alternativo al mundo realmente existente, mediante una crítica de este.” (1) Asimismo, las utopías cumplen varias funciones entre las cuales me parecen especialmente importantes la función valorativa y la función crítica. “…a lo largo de la historia del pensamiento se les han atribuido (a las utopías) funciones que van más allá del simple entretenimiento.
·                    Función orientadora. Las utopías consiste, básicamente, en la descripción de una sociedad imaginaria y perfecta. Y, aunque para muchos pensadores la realización completa de este sistema sea imposible, algunos de los procedimientos que se describen pueden aplicarse a posibles reformas y orientar la tarea organizadora de los políticos. Aunque la utopía en su conjunto pueda verse como un sueño inalcanzable, para algunos sería útil en orden a señalar la dirección que deben tomar las reformas políticas en un Estado concreto.
·                    Función valorativa. Aunque las utopías son obras de un autor determinado, a menudo se reflejan en ellas los sueños e inquietudes de la sociedad en la que el autor vive. Por esta razón, permiten reconocer los valores fundamentales de una comunidad en un momento concreto y, también, los obstáculos que éstos encuentran a la hora de materializarse. Por ello, para muchos autores, las utopías no sirven tanto para construir mundos ideales como para comprender mejor el mundo en el que vivimos.
·                    Función crítica. Al comparar el Estado ideal con el real, se advierten las limitaciones de este último y las cotas de justicia y bienestar social que aún le restan por alcanzar. De hecho, la utopía está construida a partir de elementos del presente, ya sea para evitarlos (desigualdades, injusticias…) o para potenciarlos (adelantos técnicos, libertades…). Por eso, supone una sutil pero eficaz crítica contra las injusticias y desigualdades evidentes tras la comparación. Incluso si consideramos que la sociedad utópica es un disparate irrealizable, nos presenta el desafío de explicar por qué no tenemos al menos sus virtudes.” (1) 

Si en la Edad Media alguien le hubiera explicado a una persona que podrían existir sociedades democráticas hubiera dicho: “¡imposible, es una utopía!”. Si durante la época de esclavitud en Norte América a un esclavo le hubieran dicho que existiría una sociedad en la que los esclavos serían hombres libres hubiera dicho: “¡imposible, es una utopía!”.

Siempre ha habido hombres y mujeres que han luchado por sus ideales, por cambiar lo que no funciona en una sociedad. A veces, ni siquiera llegaron a ver los resultados de su lucha, pero las siguientes generaciones pudieron disfrutar de ellos.

Si observamos los valores que rigen nuestra sociedad actual (competitividad, individualismo, la razón) vemos claramente como nos pueden llevar a la destrucción. Si seguimos así acabaremos con nuestra vida y con la vida en nuestro planeta (véase artículo anterior). Refugiarse en la excusa de la utopía, de la imposibilidad del cambio es rendirse a la muerte, a la destrucción y a la pasividad.

Teoría General de Sistemas

El momento imperante de crisis es una gran oportunidad para impulsar estos cambios. En el paradigma actual (marco teórico o conjunto de teorías) hay una metateoría (teoría de teorías) que nos abre muchas esperanzas a poder convertir la “utopía” en realidad. Se trata de la Teoría General de Sistemas (TGS) creada por el biólogo Ludwig von Bertalanffy. Básicamente, nos dice que un sistema es un objeto compuesto cuyos componentes se relacionan con al menos algún otro componente. Un sistema puede ser material (una célula, sistema respiratorio, aparato psíquico de una persona, el sistema emocional, cada ser humano en sí, el ecosistema, etc.) o conceptual (la familia, el sistema educativo, el sistema económico, el sistema de valores, etc.).

Sería muy largo entrar aquí en los detalles de esta teoría y las demás teorías asociadas a ésta, pero en resumen y explicándolo de forma muy simplificada, hay que llegar a comprender que absolutamente todo está relacionado con todo y como todo está en relación y contacto con todo lo demás, si cambiamos un componente de un sistema o todo un sistema, éste influye y cambia los demás sistemas que están en contacto con él. Y como los demás sistemas, a su vez, están en contacto con otros, éstos también cambian y, por lo tanto, el cambio se puede extender y amplificar.

Esta teoría implica que tenemos que transformar radicalmente nuestra manera de pensar. Ya no podemos pensar de forma lineal (tal cosa provoca tal otro efecto) sino tenemos que pensar de forma “circular” o, considerando la evolución, en “espiral”. Es decir, tales causas (diversas y variadas) provocan múltiples efectos o tal efecto tiene múltiples causas y otros efectos varios. Cuanto más complejo es un sistema, más difícil, o incluso imposible, se hace conocer todas las causas o todos los efectos, pero sí es posible elegir la dirección hacia la que nos queremos mover.

Si volvemos a la idea de los sistemas de valores no podemos comprender todos los efectos que causa por ejemplo el valor de la competitividad en una persona, en una familia o en toda una sociedad, pero sí que podemos observar algunos de los efectos que genera: por ejemplo, en alguna persona podría causar euforia cuando consigue un objetivo, en otra podría causar alguna enfermedad física o psíquica si fracasa, en una familia puede causar la sensación de vivir constantemente bajo presión y exigencia, la cual pasarían automáticamente a sus hijos (tener un buen nivel de estudios, un trabajo estable, ingresos suficientes, etc.) y toda una sociedad se puede establecer en una fuerte jerarquía montada en el poder y dispuesta a destruir todo lo que podría suponer un obstáculo para conseguir cualquiera de los objetivos establecidos.

Si nos imaginamos una sociedad basada en los valores asociados a la VIDA, fijándonos por ejemplo en el valor de la cooperación, en una persona que quiera conseguir un objetivo, uno de los posibles efectos sería la tranquilidad porque intentaría alcanzarlo con la ayuda de varias personas más que tengan el mismo objetivo. Tanto si fracasan como si tienen éxito podrán contar con el apoyo de los compañeros para darse consuelo o para alegrarse conjuntamente. En una familia esto significaría también tranquilidad y seguridad para todos los miembros. El primer objetivo ya no sería el rendimiento intelectual o laboral sino la felicidad, sobre todo en la crianza de los hijos. Lo más importante sería que éstos puedan sentirse apoyados en cualquiera de sus necesidades básicas. Si pensamos en una sociedad que se construye sobre estos valores ya no podríamos encontrar jerarquías ni un funcionamiento global. La estructura tendría que ser de pequeñas comunidades asambleareas en intercambio constante con otras comunidades y ningún objetivo que se pueda querer alcanzar en dichas comunidades se podría dirigir en contra de la vida de las personas o del planeta. No podría haber destrucción.

Volviendo a la TGS, estos cambios podrían darse en muchos sistemas simultáneamente, pero el primer cambio profundo se tiene que dar en las personas. Nos han criado en un sistema jerárquico de poder y sumisión. Todos, algunos más que otros, hemos experimentado situaciones de desprotección, abandono, abuso de poder y castración de nuestra capacidad de acción desde el momento de la concepción hasta el momento actual de nuestras vidas por parte de “la autoridad”. Ésta está representada por nuestros padres en primer lugar, pero también por otros familiares,  educadores, maestros, médicos, jueces, jefes, banqueros, políticos, etc. ¿Cómo vamos a poder crear una sociedad igualitaria y sin jerarquías si las personas que queremos cambiarla aún no tenemos resueltos nuestros temas con la autoridad y el poder?
Que cada uno se pregunte cómo lleva el tema de las relaciones de poder: ¿tienes conflictos con la autoridad, te enfrentas a ella sintiendo mucha agresividad?, ¿de lo contrario, la autoridad te impone y sientes que te sometes a ella?, ¿te gustaría tener un puesto de más poder? Y si lo tienes ¿cómo tratas a los que están debajo de ti? ¿Cómo tratas a tus hijos: les impones castigos (lo cual sería un abuso de poder porque sólo se puede castigar a quien está en una posición inferior) o, de lo contrario, ni les pones límites (con lo cual no abusas del poder, pero les dejas sin referencias)? ¿En un grupo o con los amigos, qué tal llevas que alguien no tenga tu misma opinión? ¿Te sientes rechazad@ o herid@? ¿Qué haces cuando alguien te agrede o es desagradable contigo? ¿Te guardas tu enfado dentro? ¿Si puedes se lo devuelves? Éstas y muchas otras situaciones en nuestro día a día nos pueden indicar cómo nos relacionamos con la jerarquía, la autoridad y el poder; si estamos más bien en la represión o en la sumisión. Pero en ninguno de estos casos, siendo sinceros con nosotr@s mism@s, podemos considerar que tengamos este tema resuelto. Si queremos mejorar nuestra sociedad y nuestra manera de convivir tenemos que empezar por cambiar nosotr@s mism@s profundamente y, sobre todo, tenemos que corregir la manera de educar a nuestr@s hij@s, para no criar la siguiente generación de “adictos al poder”.

La historia de la humanidad está llena de personas revolucionarias con muy buenas ideas y aún mejores intenciones, que después de conseguir sus objetivos, poco a poco volvían a establecer otra vez una sociedad jerarquizada, autoritaria y represora. A veces, cambiaba el sistema político, por ejemplo, se pasaba de una dictadura o una monarquía a una democracia, pero la manera jerárquica de represión, abuso de poder y sumisión en las relaciones de las personas no cambiaba. Aquí puede servir como ejemplo la Revolución Francesa. A pesar de su lema deliberté, égalité, fraternité”, esto no se consiguió. Aunque se obtuvieron mejoras, se restablecieron de nuevo jerarquías basadas en el poder y la sumisión. El comunismo fue otro intento fallido. En este caso incluso se pensaba en darle a la mujer el mismo estatus que al hombre, puesto que al eliminar las clases sociales la opresión de la mujer no hubiera tenido ningún sentido. Pero en la práctica esto tampoco funcionó porque también en esta “sociedad sin clases” había abusos de poder, jerarquías, represión y sumisión.

Entonces, ¿qué es lo que falla si a pesar de las buenas intenciones esto no se consigue? Para mí, está claro que el error es que las personas impulsoras de estos cambios no saben como manejarse con el poder, con su agresividad y con sus miedos. De entrada, una revolución que pretende crear una sociedad igualitaria jamás debe ser violenta. La violencia es el peor punto de partida para construir una sociedad pacífica que proteja la vida. Las personas que utilizan la violencia y la destrucción para conseguir sus objetivos, por muy loables que estos sean, tienen forzosamente un problema con el poder. Cuando estas personas luego tengan la ocasión impondrán sus ideas a la fuerza, sin respetar a los demás, es decir, sin respetar sus derechos y por ello, sin respetar la vida.

Viendo todo esto parece realmente imposible conseguir una sociedad basada en los valores asociados a la vida. ¿Al final todo esto es una utopía? Yo creo que no. Dentro de la TGS, está la teoría de la bifurcación que habla del cambio cualitativo de la estructura de un sistema dinámico: Se trata de poner el sistema en crisis (el nuestro ya está en crisis) a través de fuerzas que actúan sobre la estructura. Esto genera una situación inestable que crea puntos de bifurcación dentro del sistema que facilitan el cambio cualitativo de la estructura (de jerárquica a igualitaria).  Si esto lo trasladamos a la situación de nuestra sociedad (sistema) patriarcal - jerárquica (estructura) las fuerzas que pueden poner la estructura en crisis y crear puntos de bifurcación son todo tipo de situaciones creadas por las personas que están dentro del sistema. Por ejemplo, la banca ética, el movimiento del 15M, algunas cooperativas que funcionan con moneda propia o trueque, bancos de tiempo, cooperativas de salud, cooperativas de agricultura local y ecológica, escuelas de educación libre, etc. Si estas personas u organizaciones volvieran a caer en situaciones de jerarquía y poder, ya no serían una fuerza capaz de poner la estructura actual en crisis porque su fuerza se sumaría a la ya existente. Si en cambio, cada vez hubieran más personas que se quisieran unir a estos movimientos asambleareos e igualitarios, entonces podrían crear un punto de bifurcación que generaría el cambio cualitativo deseado de la estructura hacia una sociedad que respetara la VIDA. Diciéndolo de otra manera, se pretende crear algo nuevo en lugar de luchar contra lo establecido para destruirlo. Se trata de crear dentro de nuestra sociedad un movimiento paralelo, cuanto más independiente del funcionamiento establecido mejor. Un movimiento (una fuerza) que sea capaz de funcionar con su propia economía, su propio sistema educativo, su propio sistema sanitario, sus propios valores, etc. Cuanto más funcionen estas estructuras, más personas querrán participar y menos se dependerá de las estructuras jerárquicas y obsoletas.

Referencias en el texto:


Bibliografía:

-          Capra, Fritjof. “La trama de la vida”, ed.: Anagrama, 1998, Barcelona
-          Costa, Marc. “Apuntes de formación en Integración Psico-Corporal”, Barcelona, 1999-2006
-          Eisler, Riana. “El cáliz y la espada”, Editorial Cuatro Vientos, 1990, Santiago de Chile
-          Hüther, Gerald. „Männer“, ed. Vandenhoeck & Ruprecht GMBH, 2009, Gotinga
-          Massó Guijarro, Ester (Instituto de Filosofía -CSIC) “La lactancia materna como catalizador de revolución social feminista (o apretando las clavijas al feminismo patriarcal): calostro, cuerpo y cuidado.” Comunicación presentada en el XLVIII Congreso de Filosofía Joven: “Filosofías subterráneas”, Donostia-San Sebastián, 4-6 mayo 2011
-          Naranjo, Claudio. “La mente patriarcal“, ed. RBA libros, 2010, Barcelona
-          Reichert, Evânia. “La paz en el mundo empieza en el vientre de la madre”, La Vanguardia, La Contra 18.05.2011
-          Rodrigañez, Casilda. “El asalto al hades” 2ª reimpresión, 2004, Alicante
-          Rodrigañez, Casilda y Cachafeiro, Ana. “La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”, ed. Virus, 2005, Barecelona

viernes, 11 de enero de 2013

Reflexiones sobre la sociedad patriarcal



Cuando hablo de la sociedad patriarcal, su definición y sus efectos sobre nuestras vidas, muchas personas se escandalizan y creen que mis ideas son machistas y discriminan a la mujer, pero es justo lo contrario lo que pretendo. Lo que intento transmitir es que los valores femeninos se tienen que re-valorizar. Por ello, quiero explicar aquí cual es mi idea:

De momento hay dos términos que he utilizado y que comúnmente se utilizan, pero que creo que requieren de más explicación: “sociedad patriarcal” y “valores (femeninos, masculinos)”.

Las sociedades patriarcales, históricamente han ido surgiendo poco a poco desde el Neolítico, desde que los humanos empezaron a ser sedentarios y a cultivar la tierra, consolidándose desde la Edad Antigua hasta hoy en día. Anteriormente, en el Paleolítico, el hombre de Cro Magnon, era nómada y por ello, tenía unas necesidades muy diferentes para poder sobrevivir. Estas incluían sobre todo un gran sentido de la comunidad. Cuando hay que enfrentarse a las adversidades del entorno con unas herramientas bastante precarias, lo único que nos permitirá sobrevivir será protegernos y apoyarnos unos a otros. “La unión hace la fuerza” y cada uno aportará al grupo, a la comunidad todos sus conocimientos y habilidades. Se valora a las personas por ser especialmente bueno en algo, por ejemplo, saber mucho de plantas curativas, ser muy rápido (para alcanzar una presa o huir de una amenaza), ser muy fuerte (para enfrentarse a un animal salvaje), ser hábil (para elaborar buenas herramientas), ser un estratega (para elaborar un plan de caza), etc. Todo esto era extremadamente importante para sobrevivir.

En este tipo de sociedades no era necesario tener un líder o jefe único, ni una jerarquía. Líderes o jefes eran quienes en un momento o un asunto en concreto tuvieran los mejores conocimientos o habilidades. No era necesario competir entre ellos por el liderazgo porque el grupo ya se lo otorgaba en cada momento a la(s) persona(s) que consideraba(n) y valoraba(n) más apta(s). Y esto valía tanto para hombres como para mujeres porque no había división de trabajo. Todos podían participar en todos los trabajos a hacer (cazar, recolectar, curar, fabricar herramientas, cuidar, etc.) y todas estas actividades se hacían en público, en grupo. Nadie tenía que encerrarse en casa para, por ejemplo, cuidar a un bebé. El valor máximo en estas sociedades era la VIDA y todo lo que contribuía a engendrarla y conservarla. Esto automáticamente, implica otros valores imprescindibles para este fin, tales como la cooperación, la colaboración y el cuidado.

Las sociedades que se organizaban bajo estos valores eran matriarcales o, mejor dicho, matrifocales (1), puesto que no existían jerarquías (matriarcal, igual que patriarcal, implica jerarquía) y lo que más se valoraba y protegía era la unidad madre-hijo porque en ella se basaba la continuidad del grupo. Una muestra del gran valor que se daba a la mujer, especialmente a la mujer preñada, son las figuras femeninas encontradas como, por ejemplo, la Venus de Willendorf. (Nota: De ahora en adelante utilizaré el término “matrifocal” aunque luego lo sustituiré por otro que explicaré más adelante.)

Cuando estos grupos dejaron de ser nómadas, en el Neolítico, y empezaban a trabajar la tierra, comenzaron a cambiar sus necesidades y con ello, sus valores. Los grupos se hacían más grandes, la tierra ya no podía alimentar a todos y comenzaron las luchas entre ellos. Los más fuertes se podían quedar, los más fuertes conquistaban las tierras más fértiles, los más fuertes dominaban a los más débiles (hombres ricos o poderosos a hombres pobres, hombres a mujeres, adultos a niños, etc.) Eran los inicios de la competitividad, de la propiedad privada, de las guerras y de la destrucción en contraposición al valor de la cooperación y la vida. Ya no era importante ser bueno en algo para el bien del grupo, sino era importante ser el mejor, para que no te pudieran someter. Estos eran también los inicios de la competitividad como valor máximo de las sociedades patriarcales. La vida en sí, la madre y la supervivencia del grupo dejaban de ser el valor más importante. Lo único que empezaba a contar era el individuo.

Una persona fuerte, poderosa y rica tenía la capacidad, la superioridad necesaria y el derecho a someter o incluso matar al débil y pobre. En mi opinión, esta tendencia, a lo largo de la historia se ha ido intensificando y sofisticando. La historia está llena de luchas por el poder, asesinatos, guerras y sometimientos por pretextos diversos como el dinero, la propiedad, la tierra, la religión, la venganza, etc. Si competimos unos con(tra) otros es fácil también llegar a la conclusión que lo mío es mejor que lo tuyo, que soy mejor que tú, que mi nación, mi raza o mi religión es mejor que la tuya y que, por lo tanto, tengo derechos sobre ti, sobre tu vida y sobre el planeta y el universo entero. Desde este sentimiento de superioridad falso puedo exterminar a pueblos enteros, puedo crear un sistema capitalista salvaje que cada vez genera más pobreza y exclusión social y que incluso mata, o puedo, en nombre del “progreso” investigar, inventar, experimentar sin ética ninguna y puedo explotar, expoliar y devastar nuestro planeta. Todo esto lo hacen adultos que fueron criados por madres y padres patriarcales, en y para una sociedad patriarcal.

Tenemos pues, dos tipos de sociedades con sus respectivos valores: las sociedades matrifocales con sus valores femeninos de la vida, la cooperación, el grupo, la emoción y las sociedades patriarcales con sus valores masculinos de competitividad, el individuo por encima del grupo, la razón.

En este punto me parece muy importante aclarar que no identifico sociedad patriarcal o valores masculinos con el género masculino, es decir, con el hombre, ni sociedad matrifocal o valores femeninos con el género femenino, la mujer. Para nada quiero identificar al hombre como “el malo”, el que compite, el que hace guerras y a la mujer como “la buena”, la que cría, la que coopera, la que es pacificadora. Hacer esto sería absolutamente erróneo e injusto. En las sociedades patriarcales, todas las personas, tanto hombres como mujeres, que aceptan y se identifican con dichos valores como suyos, buenos y deseables son hombres y mujeres patriarcales. Las mujeres son tan patriarcales como los hombres o puede que incluso más si pienso en cuanto más tenemos que luchar y competir y estamos dispuestas a ello, para poder conseguir el mismo reconocimiento, el mismo sueldo, los mismos derechos que los hombres y aún así, parece que siempre quedamos por debajo de ellos. Y si alguna consigue un cierto estatus o un cierto poder, estoy pensando por ejemplo en mujeres ejecutivas, políticas, etc. ¿a qué precio?

Llegado aquí, me pregunto varias cosas: ¿realmente, queremos conseguir lo mismo que los hombres?, ¿cuál es nuestra identidad?, ¿cuales son nuestras necesidades desde lo femenino?, ¿qué es lo femenino?, ¿no estamos moviéndonos hacia unos objetivos que muy poco tienen que ver con nosotras?, ¿estamos en el camino correcto?, ¿sólo podemos conseguir un reconocimiento social si somos más competitivas que nadie o si somos más patriarcales que nadie? Sé que hay muchas mujeres que están cansadas de tener que ser las superwomen, las que hacen carrera, las que crian a los hijos y que llevan su casa. Pero también hay muchísimos hombres cansados de tener que mostrarse siempre más fuertes, más poderosos, más inteligentes, más, más y más de todo. Somos hombres y mujeres cansados de la sociedad patriarcal y de los valores asociados a ella.

Pero la peor parte de este tipo de sociedad se la llevan los niños. Desde el momento de la concepción, durante la gestación, en el parto hospitalario, durante los primeros meses y años de vida y en el sistema educativo, desde la educación infantil hasta secundaria, los tratamos como a adultos en miniatura, sin respetar sus necesidades vitales más básicas. Así, generamos futuros adultos intelectualizados, sometidos, adaptados a una sociedad enferma, desconectados de ellos mismos, de su identidad y de su verdadera naturaleza, infringiéndoles graves heridas emocionales y corporales (*). Aplicar los valores patriarcales en la educación es una autentica tortura para ellos. Citando a Wilhelm Reich en The murder of the Christ, “La civilización comenzará el día en que la preocupación por el bienestar de los recién nacidos prevalezca sobre cualquier otra consideración.”

Esta última incluye también, los “derechos” de la mujer. El niño es el eslabón más débil en esta cadena de opresión y sumisión patriarcal. Para salir de esta situación, hombres y mujeres tenemos que unirnos para priorizar la protección de los “derechos” del niño (ONU, OMS, UNICEF). Si las mujeres sólo tenemos en mente nuestra emancipación patriarcal, a costa de los valores matrifocales, estamos yendo en contra de nuestra naturaleza y en contra de los niñ@s. El camino a seguir tiene que ser radicalmente opuesto. Como dice Evânia Reichert, “La paz en el mundo empieza en el vientre de la madre” (2).

Quizás, lo que más confunde y más controversia despierta es la utilización de los términos matrifocal y patriarcal, valores masculinos y femeninos, etc. Comúnmente, se utilizan así, sin poder dejar de lado el tema de hombres y mujeres. Pero puesto que todos, hombre, mujeres y niños sufrimos bajo este tipo de sociedad y no quiero ponernos unas contra otros, de ahora en adelante y siempre y cuando tenga sentido, quiero sustituir “valores matrifocales” por “valores asociados a la vida”. Creo que explica mucho mejor lo que realmente quiero expresar aquí.

Puesto que los valores como la cooperación, el cuidado, la emoción, etc. históricamente se asocian a la mujer, también deberían estar íntimamente relacionados su identidad. Pero en algún lugar del camino renunciamos a parte de nuestra identidad. Nosotras permitimos que se le quite valor, incluso se lo quitamos nosotras mismas. Tan poco vale lo femenino, que a una mujer o a un hombre que se queden en casa a cuidar a su hijo o a una persona mayor se les mire con pena o condescendencia. Tan poco vale, que todos los trabajos de cuidados y crianza se tienen que realizar en casa, a escondidas del resto de la sociedad. (3) No son remunerados si se hacen en el propio hogar y si se realizan como un trabajo fuera de casa (por ejemplo en un geriátrico) son uno de los trabajos peor remunerados. ¿Tan poco vale una vida en nuestra sociedad que una persona que se dedica a cuidarla se recluye en el aislamiento y la dependencia económica? ¿Tanto más importante es acumular dinero y poder? ¿Qué es más valioso y ético, cuidar y respetar la vida o tener un alto estatus social?

Aunque no quiera asociar la sociedad patriarcal al hombre y viceversa, creo que la sociedad patriarcal está hecha inicialmente, en su origen neolítico, por el hombre que se impone a la mujer, se pone por encima de ella, la deja sin derechos, etc. e impone sus valores por encima de los valores asociados a la vida. Pero las mujeres lo permitimos aceptando los valores masculinos como mejores, convirtiéndonos en mujeres patriarcales. En este momento perdemos nuestra identidad como mujeres. Es como una especie de “síndrome de Estocolmo”.

En las sociedades matrifocales paleolíticas, hombres y mujeres vivían con los valores asociados a estas, pero las mujeres respetaban al hombre con su identidad y los niños también se criaban de acuerdo con su desarrollo natural, porque respetar la vida también significa respetar la identidad de cada uno. Creo que la vuelta a los valores asociados a la vida se debe iniciar con la vuelta de la mujer a sus orígenes y a su verdadera identidad. Esto nos daría la fuerza y la seguridad necesarias (*) para que también los hombres puedan volver a estos valores, sin dejar de ser hombres por ello, porque los valores asociados a la vida también son buenos para ellos.

Los valores patriarcales que dominan la sociedad actual se encuentran en todos los ámbitos de nuestra vida: la crianza de los hijos, el sistema escolar, el mundo laboral, el sistema sanitario, gran parte de la psicología, de la pedagogía, etc., la cultura y el deporte, la política, el sistema económico, la arquitectura, la urbanística y las relaciones humanas en general, incluida la sexualidad. (*). Sería muy largo explicar aquí para cada caso, cómo influyen los valores patriarcales en estos ámbitos. Me lo propongo como puntos a elaborar en un futuro, pero quiero anticipar aquí que el dominio de la competitividad, de la eficacia, del rendimiento, del dinero, del poder etc. en todos estos ámbitos hace nuestra vida más dura y mucho menos humana. “El hombre es un lobo para el hombre” decía Hobbes popularizando una locución latina de Tito Macio Plauto aunque creo que esto sólo es válido en sociedades en las que predominan los valores patriarcales.

Me gustaría concluir estas reflexiones con una propuesta. Esta se inicia con la búsqueda, recuperación y revalorización de los valores asociados a la vida perdidos e infravalorados. Desde luego, no se trata de volver al paleolítico, pero sí de elevar estos valores al nivel que les corresponde. El predominio de los valores patriarcales es el origen de todos los males de nuestra sociedad, puesto que sólo una sociedad que valora por encima de todo el éxito y el poder es capaz de atentar contra las vidas humanas y contra nuestro planeta. Para salvar la vida necesitamos urgentemente volver a recuperar los valores asociados a esta, que es lo mismo que decir que necesitamos volver a conectar con nuestro instinto de vida. Necesitamos una revolución social matrifocal (evidentemente, no violenta porque sería una contradicción en sí) para hombres y mujeres que por encima de todo valoren el respeto a la VIDA.

Esta revolución debería tener lugar a la vez en todos los ámbitos de la vida: la economía, la política, la educación, la familia, etc. En muchos lugares ya está en marcha: hay grupos de crianza y educación respetuosa, grupos de lactancia, casas de parto, personas que eligen un parto natural; hay bancos de tiempo, cooperativas que fomentan la economía y el consumo local, la banca ética, etc. Esta revolución tiene que ser iniciada y llevada por mujeres y hombres con conciencia matrifocal y que sientan estos valores profundamente dentro de ellos (*); hombres y mujeres que no quieran imponer jerarquías (*); mujeres y hombres que busquen relacionarse con todo ser vivo desde el respeto máximo y que quieran regresar a la MADRE que es (el origen de) la vida.


(*) Todos los apartados o frases marcados con un asterisco requieren de mayor explicación que iré elaborando próximamente.


Brigitte Burchartz
Terapeuta en Integración Psico-Corporal
Tel.: 687 243 753
www.terapia-psico-corporal.com


Referencias en el texto:

  1. Casilda Rodrigañez, “El asalto al hades” 2ª reimpresión, 2004, pags.: 57-62
  2. Evânia Reichert, “La paz en el mundo empieza en el vientre de la madre”, La Vanguardia, La Contra 18.05.2011
  3. Massó Guijarro, Ester (Instituto de Filosofía -CSIC) “La lactancia materna como catalizador de revolución social feminista (o apretando las clavijas al feminismo patriarcal): calostro, cuerpo y cuidado.” Comunicación presentada en el XLVIII Congreso de Filosofía Joven: “Filosofías subterráneas”, Donostia-San Sebastián, 4-6 mayo 2011
 Bibliografía:
  •  Capra, Fritjof. “La trama de la vida”, ed.: Anagrama, 1998, Barcelona
  • Costa, Marc. “Apuntes de formación en Integración Psico-Corporal”, Barcelona, 1999-2006
  • Hüther, Gerald. „Männer“, ed. Vandenhoeck & Ruprecht GMBH, 2009, Gotinga
  • Massó Guijarro, Ester (Instituto de Filosofía -CSIC) “La lactancia materna como catalizador de revolución social feminista (o apretando las clavijas al feminismo patriarcal): calostro, cuerpo y cuidado.” Comunicación presentada en el XLVIII Congreso de Filosofía Joven: “Filosofías subterráneas”, Donostia-San Sebastián, 4-6 mayo 2011
  • Naranjo, Claudio. “La mente patriarcal“, ed. RBA libros, 2010, Barcelona-
  • Reichert, Evânia. “La paz en el mundo empieza en el vientre de la madre”, La Vanguardia, La Contra 18.05.2011
  • Rodrigañez, Casilda. “El asalto al hades” 2ª reimpresión, 2004, Alicante
  • Rodrigañez, Casilda y Cachafeiro, Ana. “La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”, ed. Virus, 2005, Barecelona

domingo, 25 de noviembre de 2012

Las relaciones de pareja


El individuo y la pareja

Autora: Brigitte Burchartz
Colaboración: Isabel Mauricio
Dibujos: Esperanza Pérez Burchartz

¿Por qué nos cuesta tanto la relación de pareja? ¿Por qué discutimos por cosas aparentemente sin importancia? ¿Por qué unos aguantan en una relación lo que sea y otros se separan a la primera dificultad? ¿Por qué hay personas que en una discusión enseguida se ponen a gritar o se ponen agresivos y otras se callan o se van? ¿Por qué hay gente que sabe lo que quiere y no se pierde delante del otro y por qué otros no consiguen nada y se quedan con la frustración? ¿Qué puedo hacer para ser feliz en mi relación de pareja?
Todas estas preguntas y muchas más, nos habremos hecho más de uno a lo largo de nuestra vida. La respuesta no es fácil, y conseguir una buena relación de pareja es un trabajo de una dedicación continua.

De entrada hay que tener claro que el ser humano por naturaleza es un ser relacional. No le gusta estar sólo. Para comprender por qué entonces nos cuesta tanto estar en pareja hay que buscar en los inicios:
Nuestros orígenes se sitúan en el momento de la concepción. En el útero materno establecemos nuestra primera relación de pareja y va a ser muy importante para nuestro futuro, cómo vamos a ser acogidos y cómo nos vamos a ir desarrollando en él.
También al nacer somos muy frágiles. Dependemos totalmente de nuestros padres. Si éstos no nos cuidan, morimos. Durante los primeros meses de vida somos casi incapaces de movernos hacia los demás o de “cogernos” al otro. Estamos totalmente a merced de nuestros cuidadores, de su capacidad de protegernos, de comprendernos y de darnos todo el afecto que necesitamos.
Dependiendo de estas experiencias tempranas y de cómo las integramos, estableceremos estilos y formas diferentes de relacionarnos.
Desde nuestra más tierna infancia nos acostumbramos a adaptarnos al otro para obtener su reconocimiento y su aprobación, y para que nos acepte y nos quiera, sin tener en cuenta lo que nos pasa. Lo más importante para el niño es tener a sus padres, cueste lo que cueste. Nos olvidamos de nuestras propias necesidades y rápidamente comprendemos y anticipamos lo que se espera de nosotros. Incluso, a veces, nos hacemos cargo del otro. Cada uno a su manera y con su propio estilo aprende a perderse con el otro para no perderlo.
Para no sentir esa pérdida de nosotros mismos y para poder soportar las frustraciones que experimentamos, aprendemos a transformar nuestras emociones. De esta manera no las sentimos y nos protegemos del dolor que implicaría percibirlas. Pensamos que nos estamos haciendo fuertes, pero en realidad nos estamos haciendo duros para esconder nuestra vulnerabilidad.
Así, cada persona tiene una historia y unas experiencias personales y únicas con las que ha hecho su particular aprendizaje y con las que ha desarrollado un estilo propio de relacionarse. Con nuestra(s) pareja(s) volveremos a repetir ese estilo de relación ya conocido, incluso aunque no sea muy positivo, porque es el único estilo y la única manera que conocemos; es lo que tenemos y es nuestro.


Si pensamos en la evolución de los niños, vemos que básicamente todos tienen las mismas necesidades a lo largo de su desarrollo: tienen que sentirse acogidos, protegidos y amados, tienen que tener una buena nutrición y cuidados, especialmente también a nivel afectivo; más tarde deben tener también la posibilidad de conseguir cada vez más una mayor autonomía y que esta sea, además, reconocida por sus padres y, por último, cuando ya son mayores, tienen que poder separarse de sus padres, poco a poco, para poder salir de la familia al mundo y conquistar una independencia económica, una pareja, etc.
Si no tenemos esas necesidades básicas cubiertas, llegamos a la adolescencia y a la edad adulta con unas carencias más o menos graves que luego solemos adjudicar a la pareja con el deseo de que nos llene esos agujeros que traemos desde la infancia. Intentaremos que la pareja nos dé aquello que no nos dieron en su momento. Nos atraen las personas de las que sentimos inconscientemente que nos podrían llenar ese vacío, aunque eso no sea real, y nos enamoramos de ellas. Entonces, el hecho de enamorarse significa que no vemos realmente quién es la otra persona, sino sólo vemos en ella lo que queremos ver y lo que nos podría dar desde nuestra propia necesidad. De esta manera va a ser muy difícil, sino imposible, que podamos tener en cuenta a nuestra pareja. De una forma u otra, cada persona con su estilo propio aprendido, le estaremos pidiendo y exigiendo a la pareja que cumpla con lo que esperamos de ella, pero no la estaremos respetando. Además, nuestra pareja también tiene su propia historia y sus experiencias que aportará a la relación. Entonces es de esperar que nuestra pareja haga lo propio con nosotros, también nos pedirá que le cubramos sus carencias. ¿Cómo nos vamos a poder relacionar de esta manera? Así ya no habrá entendimiento posible.

¿Pues, si todo esto es tan complicado, qué podemos hacer? ¿Cómo podemos conseguir establecer una relación de pareja de igual a igual, desde el respeto y el amor?
Básicamente, hay tres puntos a tener en cuenta que se corresponden a los tres elementos que componen la pareja: yo, el otro y la pareja en su conjunto.
YO: Lo primero, y lo más importante, es conocerse uno mismo. Tengo que saber cuáles son mis carencias, qué espero de mi pareja y por qué. Tengo que saber qué me molesta, qué me emociona, qué me enfada, qué me pone triste y por qué. Conocer el porqué de todo ello es esencial para la relación de pareja. Si comprendo por qué me pasan las cosas, por qué unas cosas me afectan más, otras menos y otras nada, puedo explicárselo a mi pareja y me puede comprender. Me podré situar delante de ella sin perderme. A la vez, saber por qué ciertas cosas me afectan me sirve para poder comprenderme mejor a mí mismo/a. Me puedo dar cuenta de mis carencias, de mis emociones, de mi estilo de relacionarme y me puedo hacer responsable de todo ello. No tengo que hacer responsable a mi pareja de lo que me pasa o de lo que me falta. Sé lo que es mío y de donde me viene y puedo separar mi historia y mis carencias de la relación con la pareja.
Al revés, la pareja debe hacer este mismo trabajo para sí misma, tomar conciencia de su historia, de sus carencias y de su estilo de relacionarse.
EL OTRO: Respecto al otro, es decir, mi pareja, es importante querer conocerla realmente. Anteriormente hemos dicho que al enamorarnos no vemos al otro en su totalidad, sino que sólo vemos lo que queremos ver en él. Para que la pareja funcione tenemos que estar dispuestos a comprenderla con todo lo que aporta a la relación: sus carencias, su estilo de relacionarse, etc. También tenemos que estar dispuestos a aceptar y a respetar a la otra persona con todo ello, tal como es, sin querer cambiarla. Además, tenemos que aprender a ver y comprender al otro sin perdernos de vista a nosotros mismos (véase el punto anterior: yo)
LA PAREJA: En lo referente a la relación conjunta de la pareja, ambos deben tener claros el proyecto que tienen en común. Deben hablar, negociar y llegar a acuerdos respecto a ello: ¿Quieren tener (más) hijos o no? ¿Si los quieren tener, cómo se imaginan la educación y la relación con sus hijos? ¿Cómo quieren manejar el tema de la fidelidad? ¿Qué prioridad tiene para ellos el trabajo, el dinero o llegar a cierto estatus social delante de la relación y el tiempo que dedican a la pareja? ¿Qué significa respetarse para ellos? ¿Qué importancia dan a las amistades? ¿Necesitan disponer también de tiempo libre para cada uno por separado o prefieren hacer todas las actividades siempre con la pareja?, etc. Para que la pareja pueda negociar todos estos puntos, es necesario que ambos tengan mucha conciencia de sus propias necesidades y que puedan hablarse con toda sinceridad y sin miedo a las reacciones del otro.
Otro aspecto muy importante a tener en cuenta para la pareja es que ambos sepan cuales son sus temas de conflicto más frecuentes e importantes y que aprendan conjuntamente a manejarlos. Todo ello es algo que no se consigue fácilmente. No es un trabajo ni sencillo ni rápido, sino que requiere de ambos un alto grado de implicación, tiempo y dedicación.

Hay parejas que consiguen resolver sus conflictos y llegar a acuerdos muy equitativos y aceptables para los dos, sobre todo si la base de su relación es el respeto mutuo. Pero en muchos casos la pareja sólo resiste porque, por lo menos uno de sus componentes, está muy habituado a aguantar lo que sea y a olvidarse de sí mismo. Aunque esto tampoco lo suele hacer gratuitamente. Generalmente, esa resignación y ese aguante luego afloran de alguna manera y se convierten en reproches, malestar anímico y/o físico y discusiones estériles e incluso, a veces, violentas. Si es así como funciona la pareja, y no consiguen resolver sus conflictos, deben buscar ayuda terapéutica. Convendría que sea un tipo de ayuda que se fijara especialmente en los primeros dos puntos (yo y el otro) porque es imposible hacer funcionar una pareja si sus componentes no se conocen profundamente a sí mismos. Sólo puedo comprender, respetar y amar a otra persona si me comprendo, respeto y amo a mí mismo/a.
  
Brigitte Burchartz
Terapeuta en Integración Psico-Corporal
Barcelona
Tel.: 687 243 753
Mail: bburchartz@hotmail.com 

sábado, 24 de noviembre de 2012

¿Qué es la Integración Psico-Corporal y cómo se trabaja?



Siempre me ha parecido muy difícil poder transmitir qué es la Integración Psico-Corporal y cómo trabajo. Es tan difícil porque todas las personas somos únicas y, por ello, cada proceso terapéutico es distinto. Es algo que realmente no se puede explicar con palabras, sino se tiene que vivir y experimentar. Así que lo mejor será que te sitúe en la sala de terapia. Es un espacio amplio, con muchos cojines y con uno o dos colchones en el suelo. No trabajo ni con camilla, diván o mesa de escritorio o sillas. No hay nada en la sala que pueda limitar el movimiento. De hecho, las personas que acuden a terapia pueden hacer, decir y expresar absolutamente todo lo que quieran con total libertad. El respeto profundo hacia la persona es uno de los fundamentos de esta psicoterapia. No se juzga ni se interpreta nada de lo que hace el paciente, ni se dan consejos o soluciones. Ningún terapeuta puede saber por qué una persona es como es o hace lo que hace. Sólo la misma persona lo puede saber. Si confío en la fuerza de la vida, sé que todos los seres humanos tienen la clave, para encontrar las mejores soluciones para ellos mismos y lo que es bueno para mí, no necesariamente le tiene que servir a otra persona. Si una persona acude por su propia decisión a terapia, es porque está realmente motivada para volver a encontrarse a sí misma y porque debe sentir algo de esa fuerza vital en su interior. Mi tarea es acompañarla en ese proceso de reencuentro, apoyarla y, si se da la ocasión, ayudarle a experimentar vivencias reparadoras.

La relación terapéutica


Para que todo lo anterior sea posible, es muy importante que podamos establecer una buena relación terapéutica (es decir, entre terapeuta y paciente). Igual que fuera de la terapia, también dentro de ella, las relaciones auténticas, las que se basan en una confianza profunda, se construyen poco a poco. Nadie puede fiarse plenamente de otra persona si no la conoce y ha podido comprobar que no le va a hacer daño, sino que está allí de verdad, con el único fin de ayudarle y de apoyarle.

Casi todas las personas hemos sido juzgadas, criticadas o nos han dejado sólos. Para protegernos de estas “agresiones” hemos tenido que aprender desde pequeños a modificar nuestra manera de ser para sentirnos aceptados y queridos. Aún así, la amenaza de sentirnos descalificados, abandonados y no queridos estaba siempre presente y nos hacía desconfiar de los demás. En un proceso terapéutico, hemos de aprender que el terapeuta nunca nos juzgará ni nos abandonará, y que podremos confiar en él plenamente, especialmente cuando nos encontramos delante de un conflicto.

La relación entre cuerpo y mente en la terapia profunda


Quizás debería haberlo explicado ya desde un principio, pero todo ésto es tan importante porque aquí se trata de una psicoterapia profunda. Es profunda porque pretende llegar al origen o a los orígenes de nuestros problemas, conflictos y malestares. A veces, las causas y explicaciones de lo que nos pasa se pueden encontrar en la actualidad, pero si buscamos un poco, seguro que encontramos muchas más causas y explicaciones en nuestro pasado, en nuestra adolescencia, en nuestra infancia y, por qué no, cuando éramos bebés o cuando estábamos aún en el vientre de nuestra madre. Claro, vas a decir, de esto no se acuerda nadie. Es cierto, nuestra mente seguramente no se acuerda. Olvidamos casi todo lo que tiene que ver con nuestra infancia y no decir ya de antes, pero, aunque nuestra mente no se acuerde, nuestro cuerpo sí tiene memoria. Hoy en día hay suficientes estudios que lo demuestran y nuestra vida empezó cuando éramos un puñado de células. Si a lo largo de nuestro proceso terapéutico conseguimos volver a conectar nuestra mente, con nuestro cuerpo y con nuestras emociones, es posible que podamos recuperar muchas sensaciones vividas en situaciones aparentemente olvidadas. Estas sensaciones pueden ser muy valiosas para nosotros porque nos permiten darnos cuenta lo que hubiéramos necesitado en esos momentos, cuáles eran y son nuestras carencias y qué podemos hacer para obtener algo de placer y satisfacción respecto a esos temas.

No todas las personas quieren entrar tan profundamente en su historia. Cada uno decide hasta qué punto quiere profundizar y cuándo considera que ha llegado a su límite personal, cuándo se siente mejor, bien o sano, y cuándo quiere dejar su proceso, pero en todos los casos hay que lograr establecer la conexión entre la mente, el cuerpo y las emociones de la persona. Vamos a ver cómo esto se consigue:

El proceso terapéutico y el trabajo con las emociones


En los inicios de un proceso terapéutico, la mayoría de las personas están sobre todo con la palabra. Explican sus problemas, sus conflictos relacionales, sus pensamientos e ideas. Todo esto es muy importante porque nos ayuda a conocernos, a cobrar conciencia de lo que ocurre y por qué, pero ¿qué pasa con las emociones? Todo lo que nos pasa en la vida va acompañado por una emoción o varias. ¿Sabemos en cada momento cuál es? Seguramente no. En nuestra sociedad, lo de sentir emociones y encima expresarlas está generalmente mal visto. Ya desde niños nos enseñan que es mejor no mostrarlas. El niño que está triste y llora es un llorón, el que tiene miedo un miedica y cobarde, el que se enfada dicen que tiene pataletas y que es un maleducado y un niño que está muy alegre y activo se le amenaza con “¡ya verás, para, o te vas a hacer daño! Te caerás y luego llorarás”. Lo que se espera de nosotros es que nos criemos con un “encefalograma emocional plano”.

No sabemos lo que sentimos y en la terapia, esa es una de las primeras cosas que tenemos que volver a aprender (porque de niños ya lo sabíamos).

Pero no sólo se trata de saberlo, sino realmente hay que sentir las emociones y expresarlas libremente. Las emociones se sienten en el cuerpo y también necesitamos de este, para expresarlas. Una de las posibles experiencias reparadoras que se pueden vivir en la terapia es sentir el derecho a esa expresión emocional y corporal y además, acompañado por el terapeuta que, no sólo no te juzga por lo que sientes y expresas, sino que al mismo tiempo, te ayuda, para que tu expresión pueda ser libre.

A menudo, cuando una persona se plantea el hecho de  querer expresar sus emociones surgen miedos y bloqueos mentales y corporales que son la consecuencia lógica de ese tabú social y/o familiar de expresarlas. En las sesiones se trabaja a nivel cognitivo y corporal para ayudar a superar dichos bloqueos.

Aprender a ser nosotros mismos y sentirnos libres


Nos pasamos la vida controlándonos y aguantándolo todo, para no llamar la atención negativamente, para no ser diferentes o raros y para no hacer nada que socialmente no sea aceptado o valorado. Desconectarnos de nuestras emociones y aguantarnos cualquier tipo de expresión emocional es un trabajo muy duro que todos hemos tenido que hacer en mayor o menor grado. Como ya he dicho anteriormente, las emociones se viven en el cuerpo y se expresan con él, pero si nos las tenemos que aguantar y no las podemos expresar se quedan dentro de nosotros. Es lo que realmente hace daño a nuestro cuerpo y, a la larga, nos enferma.

Los seres humanos somos animales sociales. Necesitamos a los demás, pero no nos han enseñado a relacionarnos bien. Nos han enseñado a olvidarnos de nosotros mismos y a hacer lo que se espera de nosotros sin rechistar. Nos han explicado lo que es bueno y lo que es malo para nosotros sin tenernos en cuenta. Para aprender a relacionarnos mejor, lo primero que tenemos que hacer es recuperarnos a nosotros mismos. Tenemos que saber distinguir y sentir lo que profundamente necesitamos y lo que de verdad es bueno para nosotros, sin que otros nos lo digan, y tenemos que tener la tranquilidad necesaria para hacer lo que realmente sentimos como positivo para nosotros, sin permitir a nadie que nos juzgue por ello. Sólo si aprendemos a querernos y a respetarnos podemos querer y respetar a los demás genuinamente.

Esa es una de las posibilidades que nos abre la Integración Psico-Corporal, pero puedes descubrir muchas más, puesto que, como he explicado al inicio, cada proceso terapéutico es diferente, personal y único. A mí, me gustaría mucho poder acompañarte en el tuyo.

Autora: Brigitte Burchartz
Terapeuta en Integración Psico-Corporal
Tel.: 687 243 753
www.terapia-psico-corporal.com
www.facebook.com/brigitte.burchartz

sábado, 21 de marzo de 2009

Terapia individual para adultos y adolescentes

(Area Barcelona)

Se trata de una psicoterapia que busca profundizar en la persona, en sus conflictos y en las relaciones que establece (padres-hijos, con la pareja, en el trabajo, amigos…). Para ello, se trabaja con la mente, el cuerpo y las emociones con el fin de que la persona encuentre respuestas y caminos nuevos y distintos a los habituales.
Para más información o para
concertar una primera entrevista :

Brigitte Burchartz

Terapeuta en Integración Psico-Corporal
Tel.: 687 243 753

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